El portero nos mira por enésima vez. No deja de mirarnos y de buscar mi apellido en la lista. Ladeo un poco la cabeza y alzo una ceja, mientras mi acompañante, con una esbeltez máxima y embutida en un vestido rojo con un escote que ni la Swanepoel en un traje de cuero, me mira y se arregla un poco la melena rubia que no ha querido recoger. -¿Algún problema? –Niega con la cabeza y solo se le ocurre repetir mi apellido en voz alta y admitir que se encuentra en la lista VIP. Tuerzo los labios en una sonrisa mezquina mientras se disculpa y coloco el brazo de manera que mi esposa pueda agarrarse a éste y entrar triunfantes en la fiesta.
Me ajusto la corbata. Sí, esa vez corbata, la pajarita me acaba ahogando y no hago más que vivir un constante incordio. Me mire y me sonríe, encantada. Hago lo mismo y me limito a soltarme y caminar a por un par de copas. Pido dos copas de champagne. En realidad no estoy seguro de cuánto voy a beber. Los invitados VIP tenemos acceso al resto de asistentes y… Sé quién viene. La tentación en forma de mujer.
Doy amablemente las gracias por la copa de champagne, aunque sin olvidar de mirar a ese camarero por encima del hombro. En realidad es bueno que haya gente que no estudie, sino no tendríamos a alguien para servirnos. Camino hasta mi esposa y sonrió, entregándole la capa del perfecto y suave champagne que sirven. No debí pedirlo, pues hay camareros paseándose una y otra vez por la zona con bandejas llenas de copas de champagne. Pero me da pereza esperar a que llegue uno, no soy tan vago y mi complejo de arquitecto con el ego por las nubes no es tan grande como el resto de investigadores, médicos, arquitectos y doctores que asisten a la importante fiesta.
Ni siquiera estoy seguro de por qué la busco con la mirada. Pero es inevitable. Diez largos años. Desabrocho mi americana y llevo mi mano libre al bolsillo izquierdo del pantalón. ¿Habrá venido? Ella siempre pasa de este tipo de cosas. El superficial siempre he sido yo. El que quiere triunfar, el que quiere ser reconocido y aparecer en un documental de un canal norteamericano explicando cómo fue su carrera y cómo se ha hecho un gran sitio en el mundo de la construcción. Miro a mi esposa. Ella, por su parte, la única ambición que tenía era yo, y lo consiguió. Dos soñadores que parece que lo tienen todo. Que sea cierto o no ya se limita a ser cosa mía.
Y entonces la veo. Radiante. En un vestido negro que la hace perfectamente divina. El pelo algo más largo me hace sonreír, aunque sigue rebelde y sexy. Aviso a mi esposa de que voy a saludar a una vieja amiga… Sí, “una vieja amiga”. Camino hacia ella y me planto frente a ella, con una sonrisa maliciosa, torcida, ruin en la boca. –Cuánto tiempo. –Y ahí está. El payaso de su acompañante. ¿No había podido encontrar a un tipo más gilipollas? En serio, merece un puto premio. Nos presenta y le sonrío con verdadera hipocresía. ¿Por qué no se iba a por una copa y nos deja solos? Le hago una seña a mi esposa para que se acerque y las presento, con una sonrisa radiante, tal como ella ha hecho. ¿Que el orgullo nos hace hacer estupideces? ¿Quién inventó tal estupidez?
Y por fin solos. Completamente solos. Me mira con esa sonrisa, esa sonrisa que nunca he sabido identificar, y yo tan solo me encojo de hombros. –Muy guapa. Bonitas tetas. ¿Cuánto te costaron? –Eso me hace soltar una sutil carcajada cargada de ironía. ¿De verdad se había puesto celosa tan pronto? –Le dije que no me dijese cuánto. –Sonrío y miro a su chico, que habla con… en fin, con el grupo de paletos acompañantes con cara de subnormales. Con ese grupo. –Tenemos dos hijos. –Veo cuánto le jode, veo esa sonrisa de “me cago en tu puta madre” que tanto me gusta.
-¿Tú con hijos? Vaya… eso es una verdadera sorpresa. –Permanece sonriente, encantada con este juego que me traigo. Tan contenta con ello como siempre. Me gusta que no haya cambiado, pero obviamente no es algo que vaya a admitir con facilidad. –Hacéis mala pareja. –No se corta, la tía.
-Tú con él no. Tiene cara de gilipollas. –Sonrío ampliamente y ella me fulmina con la mirada. Por ahora todos los asaltos los estoy ganando yo de un modo aplastante. ¿Ha perdido la chispa? Entonces ya no quiero nada. Me voy.
-Te dije que acabarías con una putilla rubia de tetas operadas. Y no deberías mentirme. Te pillo con facilidad. –Sabe que no tengo hijos. Joder, tengo veintinueve años, ¿cómo coño iba a tener hijos tan pronto? Ni de coña. La miro con una sonrisa que ni yo mismo sabría identificar, jugando con la copa de champagne entre mis manos. Pienso en algo.
-Quién lo diría, los dos de nuevo… -Alzo la copa, ella se limita a asentir y brindar con la misma sonrisa. Creo que es podría estar siendo mucho más divertido, pero los negocios no me permiten hacer el gilipollas y obligarle a subir a una mesa a bailar. Ella, por su parte, no puede hacer nada.
Las enormes luces se vuelven más suaves, aquello se convierte en algo más acogedor y romántico. Las ganas de vomitar aparecen. Sé cuánto le gustan ese montón de mariconadas, así que alzo mi mano y ella la coge. “Bailemos”. Sí, se mueve tan bien como siempre. Además, le debía un baile de salón. Lento, suave… Todo pasa con tranquilidad… Me apetece cerrar los ojos e imaginar que estamos solos, en la nada. Pero me puedo divertir en vez de hacer el gilipollas.
-Bailas tan mal como siempre. –Me dice, a lo que asiento con diversión, mostrando una sonrisa perfecta. Sigue picada por la rubia que me acompañaba… Sí, puedo notarlo, pero sus ojos no se separan de los míos, lo que hace aquello de algo simplemente delicioso. La miro y alzo las cejas, sin dejar de moverme, con mi mano en la cintura… En la cintura… En la cadera… Un poco más… Me para, mirándome con una sonrisa, y sube de nuevo mi mano a su cintura.
-Me aburres. –Sonrío después de aquel susurro hiriente. Han sido tantos años que ahora necesito mil cosas a la vez. No es agradable, es desquiciante. Me suelto de ella, a lo que responde rebotándose y pegándome en el brazo. –Qué daño, voy a llorar… -Ironizo. Está guapa, con un vestido que debería ser ilegal y unos tacones que hacen de su altura algo perfecto. Pero ahí estoy yo, rancio con ella, como siempre. No he cambiado… Me gusta.
Sin cortarme un pelo, camino con decisión y subo las enormes escaleras que hay a la derecha del gran salón de baile. Saludo a unos amigos y a los compañeros del gabinete en el que pude hacerme una vida. Camino sin dudar demasiado, viendo como ella sube las escaleras de la izquierda, que acaban encontrándose en el mismo sitio al que llegan las mías. Antes de llegar al baño ya ha cogido mi corbata para besarme. Antes de que nadie nos vea ya estamos en el baño.
Me acaricia el pecho y al poco estamos desnudos. Aquellos baños son inmensos. Le beso una y otra vez y… bueno, creo que todos podéis imaginar lo que acabamos haciendo en ese momento. De hecho, creo que es bastante obvio. Así que me salto esta parte, pues lo que hago en baños públicos con personas ajenas a mi matrimonio no debe ser asunto del resto.
-Esto podría haber sido distinto. –Murmura, después de uno de los polvos más divertidos que he echado en mi perfecta vida.
-Fue culpa tuya, ya lo sabes. –Respondo, como siempre, riendo entre dientes, de una forma tan hija de puta como siempre. Me encojo de hombros y abrocho mi americana, acabando de vestirme. –Que te vaya bien en tu farsa de matrimonio. –A continuación tan solo salgo del baño y vuelvo a la fiesta. Cualquiera diría que todo ha sido por un polvo y adiós, pero en realidad dudo que cualquiera tenga la más mínima idea de lo que significa todo lo que ha pasado en ese baño.
Saludo a mi mujer, que me mira con preocupación. Le doy un beso en los labios y sonrío, haciendo que se relaje en cuestión de segundos. Y allí está ella, con su marido, que la besa y abraza, la mima como si fuese una mujer débil. Seguro que el gilipollas la conoce menos que yo. Miro la escena con rabia y ella tan solo sonríe y guiña un ojo. Maldita zorra, ¿a qué coño estamos esperando para fugarnos? Alzo el dedo índice mirándola. Sabemos que esto no puede acabar en un final feliz… “No nos volveremos a ver hasta dentro de diez años”. La piedra está en su bolso. Así son las cosas.
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domingo, 13 de enero de 2013
{# Just Another Dream
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