Mi respiración se acelera un poco, pero permanezco calmado, el vaho y las gotas de agua que resbalan en el cristal provocan que me resulte imposible identificar a aquella persona. Trago saliva. ¿Voy a morir con una escena tan típica de terror americano? Me niego a deshacer el vaho que hay sobre el cristal, me niego a ver la cara de la persona que se encuentra observándome pacientemente desde el otro lado del material.
Al fin decide acercarse. Trago saliva y la adrenalina hacen de mi cuerpo un flan, un flan de albaricoque que tiembla mientras el caramelo desborda de su cabeza, dulce, sumamente dulce. La mano de aquel anónimo abre el cristal. ¿Tú? ¿Qué haces tú aquí? Mi corazón se acelera, aquello me provoca un miedo mayor que la muerte, aquello de que una persona tan importante para mí invada mi ducha provoca un cúmulo de sensaciones jodidamente insoportables.
Entras sin miedo y yo, por inercia, retrocedo sin estar del todo de acuerdo con lo que pasa en aquel preciso instante. Te miro y niego con la cabeza. ¿Qué coño se supone que estás haciendo? En el momento en que trato de hablar me callas con tu dedo y continúas acercándote. Mierda, la distancia empieza a escasear...
El miedo y la vergüenza golpean mi cara en forma de sangre, noto como el calor aumenta en la zona de mis mejillas, seguramente se hayan puesto algo rojas por la situación y el odio que siento por ti en ese momento. Sí, te odio, te odio por lo que me estás haciendo. Sabes cuán vulnerable soy... ¿Por qué me haces esto? Todo va bien hasta ese momento, ese jodido momento en el que no se te ocurre nada más que besarme.
No me besas suavemente en los labios, no, te lanzas y devoras mi boca, haciendo que retroceda hasta el cristal. Nada acaba ahí. Continúas, sin miedo, comiéndome la boca, besándome sin parar, invadiendo mi boca con tu lengua del mismo modo que has invadido mi ducha con tu cuerpo. ¿De qué vas? ¿Te has creído que puedes hacer conmigo lo que quieras? Sí, por desgracia puedes...
Un roce es suficiente para encenderme. Genial. Desde el primer roce, aquello se vuelve recíproco y se convierte en un no parar. Contra el cristal, besos, caricias... Mis manos recorren tu cuerpo, tu torso de arriba abajo, mi boca recorre tu cuello con ansia y termina en un fuerte mordisco en el cuello. Y ahí, contra la pared, todo se vuelve excesivamente perfecto.
Me despierto, sudando, desquiciado, excitado y algo desubicado. Parecía tan real... Muerdo mi labio sin impotencia, a pesar de cuán real parecía, sigues lejos. Sigues tan lejos como antes de acostarme y soñar contigo, tan lejos como siempre. La impotencia hace que me deje caer sobre la cama, pues me he incorporado para odiarme en silencio. Muerdo mi labio. Maldito inútil, ¿a qué esperas para hacer realidad tu sueño de una puta vez?
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